Psicobiología de las emociones más implicadas en la supervivencia

Una de las líneas de trabajo en las que se está investigando actualmente intenta conocer si existe una especificidad de activación fisiológica y anatómica para cada emoción. Esta línea de investigación, que en sus comienzos generó polémica, fue iniciada por James y Lange (1884), que abogaban por la especificidad del patrón de activación autonómica de cada emoción, y por Cannon y Bard (1915), que defendían la existencia de una activación general inespecífica para todas las emociones. Actualmente, las técnicas de neuroimagen han permitido, como ya se ha señalado un gran avance en esta línea.

En este apartado van a estudiarse las bases neurales de las emociones que están más relacionadas con la supervivencia de la especie y del individuo: el miedo, que posibilita la evitación de situaciones peligrosas para la integridad física y psicológica del individuo; el enfado, que facilita la defensa individual y colectiva cuando el bienestar o incluso la supervivencia pueden llegar a estar en peligro; el asco, que permite reconocer y apartarse de los alimentos y situaciones que pueden enfermar al individuo; y el amor, la empatía y la alegría, que posibilitan la unión y el cuidado mutuos entre todos los miembros de la especie.

Algunos autores dividen a las emociones en positivas o negativas dependiendo del significado que se les otorga en función del mayor o menor bienestar con el que se las asocia. Sin embargo, en este apartado se va a considerar que todas las emociones son igualmente positivas, en el sentido en el que son igualmente informativas acerca de las necesidades del que las experimenta y, por tanto, igualmente necesarias y adaptativas. Se considera, por tanto, que lo adecuado o no adecuado, lo ético o no ético, es el manejo que se hace de las emociones y de las actuaciones a las que dan lugar. Estar enfadado, reconocerlo, sentirlo, y validarlo internamente no es lo mismo que agredir a la persona que causó el enfado. Sin embargo, esta emoción informa de lo que agrede y de lo que se necesita; y esta información puede ser utilizada para favorecer la supervivencia física y psicológica del individuo. Lo más importante, es poder acceder conscientemente a la emoción, comprender su significado psicológico en los contextos social e intrapersonal en el que se producen y actuar de forma consciente, integrada y adaptada a la situación y al código de valores de cada persona. Este modo de concebir las emociones, que ya se describió al comienzo de este capítulo, ahonda en el valor comunicativo de las mismas, tanto desde el punto de vista interpersonal como intrapersonal.

El estudio neurobiológico de las emociones con valencia positiva es relativamente reciente y se encuentra en plena expansión. Burgdorf y Panksepp (2006) consideran que las emociones positivas están relacionadas fundamentalmente con señales corporales que indican que el organismo está recuperando la homeostasis y con la facilitación de la aparición de sensaciones agradables necesarias también para la supervivencia, como se verá en los apartados correspondientes al amor y la empatía.

1. Miedo

Levy (2001) describe el miedo como una señal que indica una desproporción entre la amenaza percibida y los recursos con los que se cuenta para resolverla.

Greenberg y Paivio (2000) señalan la función del miedo en la supervivencia, ya que permite escapar del peligro o afrontarlo, si se percibe que se tienen suficientes recursos para ello.

Como toda emoción, el miedo lleva asociada una tendencia hacia la acción, tal y como describía Darwin, que controla el entorno para poder elaborar planes de afrontamiento, evitación o huida y, para ello, se produce la activación del sistema nervioso periférico con el fin de facilitar las acciones preparatorias para afrontar la situación. Se produce un aumento de los niveles de adrenalina, la focalización de la atención producida por un aumento de la capacidad visual, un aumento del latido cardíaco, el incremento en la respiración que permite inspirar una mayor cantidad de oxígeno, la evacuación de la vejiga y el intestino para que el organismo pueda poner todos sus recursos en el afrontamiento de la situación de peligro y la elevación del umbral del dolor para que no éste no paralice la acción. Se liberan hormonas del estrés y, al mismo tiempo, el miedo se refleja en las expresiones emocionales (para revisión, Rodrigues, LeDoux y Sapolsky, 2009). Todos estos cambios posibilitan un estado de alerta generalizado y preparan al organismo para la lucha o la huida de la situación amenazante.

La relevancia que tiene un adecuado aprendizaje de las situaciones peligrosas es tan importante para la supervivencia que incluso con una sola exposición a las mismas el sujeto es capaz de aprender a reaccionar ante ellas. Esta rapidez en el aprendizaje fue puesta de manifiesto por los estudios de LeDoux (1999). En un experimento, este autor emparejó un sonido con una descarga eléctrica en las patas de los animales experimentales, provocando un aprendizaje de miedo al sonido en tan solo un ensayo. En este aprendizaje intervienen diferentes estructuras: el tálamo, como núcleo de relevo donde llega la información sonora del sonido y desde dicho núcleo la información sigue dos vías: una rápida que va desde el tálamo a la amígdala y que permite reaccionar rápidamente al estímulo que produce miedo, y otra más lenta que va desde el tálamo a la corteza de asociación correspondiente. Aunque esta vía es más lenta, tiene la ventaja de ser más precisa.

El estudio de las bases neurobiológicas del miedo se ha centrado fundamentalmente en la amígdala ya que las personas que tienen alguna lesión en esta estructura o que padecen la enfermedad de UrbachWiethe, que produce una calcificación de esta estructura, no sienten miedo (Ávila y Fullana, 2016).

Estudios recientes realizados también con sujetos experimentales humanos han mostrado que otras estructuras contribuyen de forma muy relevante a esta emoción. Ávila y Fullana (2016) han realizado un metaanálisis de 27 estudios en los que se realizaron pruebas de RMF a un total de 677 personas. Los resultados de estos trabajos pusieron de manifiesto que en los mecanismos neurales que intervienen en el aprendizaje del miedo intervienen la ínsula bilateral, la CCAd (Corteza Cingulada Anterior Dorsal) y la CPdl (Corteza Prefrontal Dorsolateral).

Según las conclusiones de estos autores, cada una de estas estructuras cumple una función relevante. La ínsula integra la información cognitiva, las sensaciones fisiológicas y las predicciones sobre lo que podría ocurrir, así como la información de los órganos de los sentidos y las emociones que provienen de la amígdala.

La CCAd resulta fundamental en el aprendizaje del miedo y en la conducta de evitación, y en la experiencia subjetiva de ansiedad. Como ya se ha visto en otros apartados de este capítulo, las regiones prefrontales tienen una función de integración y de autorregulación de las informaciones emocionales, racionales y de los recuerdos, por lo que resulta congruente que tenga también, en el caso del miedo, una función relevante a la hora de determinar la gravedad de los estímulos y dirigir las respuestas. De hecho, Ávila y Fullana (2016) concluyen de su estudio meta-análisis que cuanto más se activa esa área, mayor es la atención que se dedica al estímulo.

Por último, concluyen que la CPFdl participa en la regulación emocional del miedo dando una respuesta a las primeras informaciones procesadas en la ínsula.

2. Enfado

Para Levy (2001), el enfado es la reacción emocional ante una frustración. Esta emoción parece tener una de sus raíces en una tendencia biológica que conlleva y facilita la defensa ante el ataque o las intrusiones de extraños (Greenberg y Paivio, 2000).

En cualquiera de las situaciones mencionadas, la defensa frente a un ataque o la protección frente a una amenaza, existe un factor común, la frustración, que varía en intensidad en función de los motivos que han desencadenado el enfado. Levy (2001) describe muy claramente el proceso. Cuando alguien desea algo con mucha intensidad, pone mucho esfuerzo para conseguirlo y si se encuentra con un obstáculo, se produce una sobrecarga energética psicológica y física a la que se denomina enfado, con el objeto resolver la situación.

El problema con esta emoción surge cuando esta sobreactivación se descontrola y la respuesta de la persona y los mecanismos psicobiológicos que se desencadenan, no facilitan, e incluso impiden, la autorregulación de la respuesta adecuada y de los comportamientos subsiguientes.

La tendencia hacia la acción asociada con el enfado conlleva alteraciones en la respiración, cambios vasculares, alteraciones en el tono de voz y cambios musculares y faciales que preparan a la persona para defenderse del objeto de ataque. Es importante tener en cuenta que, aunque todos estos cambios fisiológicos preparan para la acción, no producen en sí mismos de forma irrevocable la acción, ya que la respuesta es consecuencia de una compleja interacción entre estos procesos fisiológicos y los procesos cognitivos que también pueden ponerse en funcionamiento.

Los estudios de lesión y de neuroimagen funcional y estructural han mostrado que las estructuras implicadas en las conductas agresivas e impulsivas están reguladas fundamentalmente por regiones frontales y límbicas, en concreto, por la corteza orbitofrontal, la CPFvm, la amígdala y el hipocampo.

Coccaro y cols. (2016) analizaron con la técnica de resonancia magnética de alta resolución los cerebros de 168 sujetos que se distribuían de la siguiente manera: 57 tenían un desorden psiquiátrico que se mostraba con la aparición de episodios explosivos intermitentes, 53 eran controles sanos y el resto eran personas con trastornos psiquiátricos diferentes al que presentaban los sujetos del primer grupo. Los resultados mostraron que los sujetos que padecían un desorden de episodios explosivos intermitentes tenían, a su vez, una cantidad menor de materia gris en estructuras fronto-límbicas como la corteza prefrontal, la corteza cingulada anterior y en estructuras subcorticales relacionadas con el procesamiento emocional, tales como la amígdala, la ínsula y el uncus (extremo del giro parahipocampal). Es más, la cantidad de materia gris en estas estructuras correlacionaba de forma inversa con los niveles de agresión; es decir, en regiones asociadas al control de los impulsos y de la agresividad entre las que también se encuentran las regiones frontolímbicas (Lyoo y cols., 1998; Soloff y cols., 2008; van Elst y cols., 2001; Zetzsche y cols., 2007; Nunes y cols., 2009; Raine y cols., 2000; Tiihonen y cols., 2000; Coccaro y cols., 2011; Bushak, 2016).

Como estas regiones se asocian al control de los impulsos y la agresividad, una menor cantidad de materia gris es señal de que puede haber un número más reducido de neuronas en ellas y, por lo tanto, una falta de capacidad inhibitoria de estos comportamientos.

La causa de este menor volumen de materia gris aún no se conoce con exactitud, aunque es probable que factores tanto constitucionales como ambientales contribuyan a ello. Un entorno social y educativo que no enseñe a la persona la autorregulación por parte de los sistemas frontales de los impulsos puede fomentar una disminución de sinapsis inhibidoras de los mismos (siguiendo el principio de Hebb) y, en último término, una disminución morfológica en estas estructuras. Los hábitos educativos inadecuados, los traumas, el estrés crónico pueden afectar al desarrollo normal de estas interconexiones y hacer que las personas que los sufren sean más propensas a sufrir problemas de agresividad.

3. Asco

El asco se dirige normalmente a un objeto que se ve como ofensivo o dañino (Greenberg y Paivio, 2000), que se asocia con tendencias de acción encaminadas a expulsar lo que daña, como, por ejemplo, arcadas, vómitos... en el caso de alimentos perjudiciales. Pero también el asco «se siente en relación con cualquier cosa que se perciba como ofensiva o sucia, incluyendo pensamientos, valores y personas» (Greenberg y Paivio, 2000), y sirve a la misma función adaptativa que el enfado, que es eliminar del entorno inmediato aquello que daña, tanto física como psicológicamente.

El asco y la repugnancia a alimentos o situaciones dañinas para la persona han permitido la supervivencia de la especie gracias a la presencia de un mecanismo que ayuda a alejar a las personas casi de modo inconsciente de estos estímulos, informando así a las personas de aquello que les daña. Los estímulos que provocan asco se acompañan normalmente de náuseas, alteraciones en la frecuencia cardiaca (Vrana, 1993; Levenson y cols., 1992) y un incremento en la conductancia de la piel (Levenson y cols., 1992), indicadores de que también se activa la respuesta de estrés frente a estos estímulos.

Con respecto a las estructuras implicadas, algunos autores han podido comprobar que las lesiones en la corteza de la ínsula y en los núcleos basales interfieren con la capacidad de las personas para reconocer las expresiones faciales de asco (Sprengelmeyer y cols., 1997; Calder y cols., 2000). En un estudio llevado a cabo por Thielscher y Pessoa (2007) en el que se pidió a un grupo de sujetos que presionaran una palanca si reconocían en otra persona la expresión de desagrado o asco, encontraron que cuando éstos reconocían esta expresión se activaba en ellos la corteza de la ínsula y parte de los ganglios basales. Del mismo modo, la percepción de un olor desagradable también activa la corteza de la ínsula (Wicker y cols., 2003), la corteza prefrontal y la amígdala (Davidson, 2002) y el aumento en la activación de la corteza frontal y temporal anterior derecha (Lane y cols., 1997).

4. Amor

El amor y el afecto son fundamentales para la supervivencia física y psicológica humana, de lo que puede deducirse que el amor en sus orígenes filogenéticos ha sido uno de los recursos fundamentales de la especie para sobrevivir ya que promueve tanto la cohesión grupal como el cuidado de los congéneres.

Sin embargo, la primera dificultad que surge al investigar y estudiar las bases neurobiológicas del amor es la definición de este concepto, ya que puede ser entendido como atracción sexual, como amor romántico, como apego/cuidado a la progenie, como cuidado de los demás miembros del clan familiar, como sentimiento hacia todos los miembros de la especie, como sentimiento de conexión universal o como amor místico.

No obstante, y aunque existen muchos tipos de amor, en general, esta emoción activa una respuesta de relajación, incrementa el apoyo social y, por tanto, la sensación de bienestar que protege y lleva a proteger a otros miembros de la especie (Greenberg y Paivio, 2000). Por ello, esta emoción informa al ser humano de la interdependencia de las necesidades humanas y es probablemente es uno de los principales cimientos de la construcción social.

Según Fisher (2004), la humanidad ha desarrollado tres sistemas cerebrales diferentes, aunque interrelacionados, con el fin de promover el apareamiento y la reproducción: el impulso sexual, el amor romántico y el apego que conlleva el cuidado de las crías y la afiliación con un compañero sentimental.

Zeki (2007) ha estudiado las estructuras implicadas en el amor romántico y en el amor hacia el cuidado de las crías, partiendo también del presupuesto de que estos dos tipos de amor están íntimamente implicados en la supervivencia de la especie y que presentan un alto grado de satisfacción o recompensa.

Descubrió, utilizando RMF, que cada uno de ellos activan regiones específicas, tanto corticales como subcorticales, y que algunas de estas estructuras están integradas en los sistemas de refuerzo del cerebro, coincidiendo también con áreas que expresan altos niveles de receptores de oxitocina y vasopresina. También encontró que ambas emociones desactivaban regiones asociadas con emociones con valencia negativa y de juicio social.

Encontró que el amor romántico está asociado a una activación en el núcleo caudado y el área tegmental ventral, de la ínsula medial, del núcleo cingulado anterior y del hipocampo. Además, de un incremento en los niveles de dopamina y noradenalina.

En el apego, encontró un aumento de actividad en la corteza insular medial, el cíngulo anterior, el hipocampo, el núcleo estriado y el núcleo acumbens. Así como un aumento de los niveles de oxitocina y vasopresina (Fisher, 2004).

Como ya se ha señalado, el amor maternal y el romántico comparten dos propósitos comunes: por un lado, el mantenimiento de la especie y, por otro, un propósito funcional, ya que este mantenimiento requiere crear lazos de unión duraderos. Por lo que no es extraño que compartan áreas cerebrales, aunque no idénticas, porque también cumplen funciones diferentes.

Según esta autora, el impulso sexual está asociado con una activación del hipotálamo y de la CCA y otras regiones subcorticales, al tiempo que produce una desactivación de la corteza frontal. Aunque este apartado se trata en toda su extensión en el capítulo dedicado a las Conductas Reproductoras de este texto.

5. Empatía

Decety (2011), uno de los investigadores pioneros en el estudio de la empatía, la define como la capacidad natural de compartir, comprender, y responder con cuidado a los estados afectivos de otros, y señala que tiene una función fundamental en la mayoría de las interacciones, desde el nacimiento hasta el final de la vida.

Erskine, Moursund y Trautmann (2012) sostienen la idea de que el contacto humano constituye la piedra angular de todas las relaciones y que la empatía es una de las formas más eficaces para establecer y mantener este contacto y señalan que el malestar psíquico surge en gran medida del fracaso relacional, es decir, que es resultado de un modo reiterado en el que las relaciones personales significativas no satisfacen las necesidades básicas de comunicación e intimidad. El valor adaptativo de la misma es pues el mantenimiento de la salud física y psicológica que permite el ser capaz de establecer y mantener el contacto para poder convivir y participar en relaciones que mejoren el bienestar y la supervivencia.

La tendencia de acción asociada a esta emoción es, por tanto, el movimiento hacia el contacto humano, que puede observarse en los bebés desde los primeros instantes de su vida extrauterina. El contacto con los demás constituye una experiencia gratificante y necesaria, ya que sin él los bebés no podrían desarrollarse.

Es importante tener en cuenta que para que pueda establecerse este contacto es necesario poder sentir empatía hacia los demás y que los demás también la sientan hacia nosotros. Esta necesidad, ayuda a comprender, como en el caso de las otras emociones que fomentan la unión y la cohesión social, la necesidad humana de la relación personal para su desarrollo, como ya se ha señalado, en todos los niveles de su vida.

Rizzolati y Sinigaglia (2006) han descubierto la posible base cerebral de la capacidad humana de la empatía y de la sintonía emocional ya que ha podido comprobar que en nuestro cerebro se activan las mismas neuronas tanto al sentir nosotros mismos una determinada emoción como al percibir que otra persona la siente. Rizzolatti denominó a estas neuronas las neuronas especulares. Y, según este autor, parece que estas neuronas permiten la compenetración con los congéneres.

Parece que los circuitos neuronales simulan subliminalmente las acciones completas que observamos y este reflejo permite la identificación con los otros, ya que parece que tanto el actor como el observador se hallan en estados neuronales muy semejantes. Según estos autores, «esto demuestra cuán arraigado y profundo es eso que nos une a los demás y cuán raro resulta concebir un yo sin un nosotros» (Rizzolati y Sinigaglia, 2006, p. 14).

Rizzolati y Sinigaglia proponen que la ínsula sería el centro de este mecanismo espejo porque es la región cortical en la que están representados los estados internos del cuerpo y constituye un centro de integración visceromotora cuya activación provoca la transformación de los inputs sensoriales en reacciones viscerales.

Sin la participación de la ínsula se podría comprender racionalmente la emoción pero no sentirla.

De este modo, las percepciones de los actos y reacciones emotivas de los demás parecen ir emparejadas con un mecanismo espejo que permite al cerebro reconocer inmediatamente todo lo que vemos, sentimos o imaginamos que hacen los demás, pues pone en marcha las mismas estructuras neurales (motoras o visceromotoras, respectivamente) responsables de nuestras acciones y emociones.

Hein y cols. (2016) han mostrado recientemente que la empatía aumenta el comportamiento altruista en personas egoístas. Realizaron un estudio en el que los participantes, colocados en un escáner de RMF, tenían que tomar decisiones altruistas, o sea impulsados por el deseo de ayudar a una persona con la que uno se siente empatía, o por un motivo de reciprocidad, o sea, el deseo de corresponder a la bondad anterior de un individuo al que tenían que ayudar. En cuanto a las regiones cerebrales implicadas descubrieron que los actos altruistas motivados por una reacción empática mostraban una ligera inhibición en la conexión que une la ínsula anterior y el núcleo estriado ventral del cerebro, mientras que los actos motivados por reciprocidad activaban la conexión entre estas regiones.

Es más, las personas calificadas como más egoístas mostraban una conexión baja o nula entre la corteza del cíngulo anterior y la ínsula anterior, mientras que aquellos sujetos los calificados como prosociales mostraban una mayor activación en la conexión entre estas áreas.

6. Alegría

La felicidad y la alegría están asociadas a reír y sonreír (Greenberg y Paivio, 2000) y las conductas asociadas más habituales son la disponibilidad para el contacto con los demás, el aumento de la vinculación afectiva y el entusiasmo en lo que se emprende.

La alegría, al intensificar el vínculo entre las personas constituye una de las motivaciones más poderosas para el mantenimiento de las relaciones y de la supervivencia. Además, se encuentra fuertemente unida a la necesidad humana de expansión, de relación y de exploración de nuevas experiencias.

La alegría se acompaña de un aumento en los niveles de dopamina y una activación de los circuitos de recompensa. Subjetivamente se manifiesta con la sensación de ser capaz, la necesidad de expandirse, de conocer y de vincularse a otras personas. Por sí mismas, estas emociones actúan como fuente de motivación y de recompensa (Greenberg y Paivio, 2000).

Sato y cols. (2015) demostraron que las personas que se describían a sí mismas como felices tenían una mayor cantidad de materia gris en el precúneo. El precúneo (o precuña) es una parte del lóbulo parietal superior que está oculto en la fisura longitudinal medial entre los dos hemisferios cerebrales. También recibe el nombre de zona media de la corteza parietal superior.

Estos investigadores llegaron a esta conclusión utilizando la técnica de Resonancia Magnética con un grupo de voluntarios a los que antes se le había pasado un cuestionario en el que se les preguntaba por su nivel de felicidad subjetiva, la intensidad con la que sentían sus emociones y su nivel de satisfacción vital. Los datos revelaron que los sujetos que mostraban un mayor grado de felicidad también presentaban una mayor cantidad de materia gris en el precúneo. A la vez, estas personas sentían la tristeza con menos intensidad y reportaron que tenían una sensación subjetiva de que la vida tenía un sentido vital profundo para ellas.

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