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Mecanicismo, vitalismo y filosofía natural

Desde al menos el siglo xvii existían, en lo que a veces se llamaban las «ciencias de la vida», tendencias organicistas o vitalistas y tendencias mecanicistas. Las primeras suponían que los seres vivos poseían principios de organización específicos, irreductibles a leyes químicas o físicas. Los organismos biológicos no podrían, entonces, explicarse como si fueran artilugios mecánicos cuyo funcionamiento consistiera en un mero juego de presiones, contactos y empujes de piezas. Por su parte, el mecanicismo desconfiaba de lo que consideraba una atribución de fuerzas ocultas a lo viviente y pretendía explicar el mundo biológico en términos puramente mecánicos similares a los que Isaac Newton había aplicado al mundo cuando formuló la teoría de la gravitación universal.

El problema es que, en física, el mecanicismo efectivamente había sido útil, pero en biología podía obstaculizar la comprensión de algunos fenómenos que el vitalismo, en cambio, definía de una manera más adecuada, como el fenómeno de la irritabilidad de los tejidos, esto es, su reacción activa a los cambios físico-químicos del entorno (Canguilhem, 1975; Duchesneau, 1982; Westfall, 1980).

Entre finales del siglo xviii y principios del xix la filosofía natural era una rama de la filosofía casi indistinguible de la biología y en el seno de la cual se formularon las concepciones acerca de los seres vivos que heredaron autores tan importantes como Darwin (Fernández, 2005; Richards, 2002). Fue especialmente en el mundo germano donde la filosofía natural se desarrolló, así como la fisiología. En aquel ambiente, ligado también al movimiento romántico, predominaban los enfoques organicistas, que entendían no ya los seres vivos sino la naturaleza orgánica en su totalidad —y en algunos casos la naturaleza a secas— como una realidad regida por principios irreductibles a fuerzas puramente mecánicas. Darwin recogería ese organicismo a la hora de estudiar los seres vivos con una mirada de naturalista que buscaba hallar principios de organización interna del mundo orgánico.

Fisiología sensorial y psicofísica

La fisiología del sistema nervioso, especialmente desarrollada en Alemania, tuvo una importancia crucial para el surgimiento de la psicología experimental (no por casualidad constituyó el antecedente inmediato del trabajo de laboratorio de Wundt, como veremos más adelante). Uno de sus máximos representantes fue el médico y físico Hermann von Helmholtz (1821-1894). Helmholtz pretendía estudiar empíricamente los procesos de síntesis u obtención del conocimiento a partir de datos sensoriales tal y como los había definido Kant. Ese intento de fundamentar científicamente la teoría del conocimiento kantiana fue lo que inspiró su trabajo de laboratorio en fisiología sensorial. Sin embargo, rechazaba la idea de Kant según la cual la captación de datos sensoriales es un proceso pasivo consistente en asimilar dichos datos a categorías abstractas innatas circunscritas a un marco espacio temporal universal y suministradas por la razón. En particular, Hemlholtz quiso demostrar que la percepción del espacio no es innata.

Recurrió a la teoría de las energías específicas formulada por Johannes Peter Müller en 1820, según la cual el tipo de nervio estimulado (ocular, táctil, olfativo, etc.) es lo que determina el tipo de sensación que se percibirá, independientemente del objeto que produzca la estimulación.

Esto demostraría que las condiciones trascendentales del conocimiento son en realidad orgánicas: no captamos objetos, sino las sensaciones con la que éstos afectan a nuestro cuerpo. Hemlholtz también recurrió a la teoría de los signos locales formulada por Rudolf Hermann Lotze en la segunda mitad de la década de los 50 del XIX. Según esta teoría acerca de la percepción visual, la imagen retiniana supone que a partir del objeto se proyectan una serie de puntos (signos locales) cuya relación mutua nos suministra las claves espaciales que, a través de la coordinación de los movimientos oculares y los del cuerpo en general, nos permite aprender a percibir los objetos como tales objetos. Ello contribuiría a mostrar que la percepción del espacio y de los objetos en general no es innata sino aprendida, algo que Helmholtz generaliza más allá de la percepción visual.

Helmholtz formuló además la teoría de la inferencia inconsciente, según la cual el proceso perceptivo no es pasivo, sino análogo al proceso de pensamiento, en el sentido de que consiste en extraer una conclusión (el objeto percibido) a partir de una serie de premisas (las estimulaciones sensoriales, los signos locales) y a través de los movimientos corporales, que permiten aprender hábitos cuya estabilización es la que en última instancia hace que nuestro mundo objetivo a su vez se estabilice. Según esto, percibir consiste en inferir inconscientemente que tal impresión sensorial corresponde a tal objeto. Así pues, las categorías a priori del conocimiento tal y como las había definido Kant no son en realidad innatas, sino que consisten en hábitos aprendidos y automatizados a partir de los cuales es posible «inferir» (o concluir cuál es) el objeto de la experiencia (Aivar, 1999; Aivar y Fernández, 2000; Moulines, 1993; Sánchez, Fernández y Loy, 1995).

Otro autor importante en este ámbito es Gustav Theodor Fechner (1801-1887), cuyos trabajos de psicofísica publicados en 1860 influirán en Wundt desde un punto de vista metodológico. La psicofísica, para Fechner, consistía en el estudio de la conexión entre el mundo físico y el mental a través de las sensaciones. Lo que hizo fue cuantificar las sensaciones pidiendo a los sujetos experimentales que comparasen ca­ racterísticas sensoriales de objetos, que variaban gradualmente (por ejemplo, el peso o la intensidad del sonido). Observando cuál era la diferencia mínima perceptible por los sujetos, Fechner relacionó matemáticamente la magnitud de los estímulos con la intensidad de la sensación que producían. Reelaboró así lo que se conocería como la ley de Weber-Fechner (ya que había sido anticipada por Ernst Heinrich Weber en 1840), según la cual la fuerza de una sensación es una función logarítmica de la del estímulo; expresado matemáticamente en una versión simplificada, S = k log E, donde k es una constante que depende de la modalidad sensorial de que se trate. Así pues, podemos sugerir que la psicofísica representó también un paso en la naturalización de la subjetividad, mediante el cual se detectaban regularidades en los procesos perceptivos (Fernández, 2003).

El estudio del sistema nervioso y la frenología

En los últimos siglos, cuando se ha supuesto que el alma (o sucesores suyos más recientes como la mente o la conducta) debe ser localizada anatómicamente, se la ha situado en el cerebro, un órgano que, no obstante, tal y como lo entendemos hoy no fue descrito hasta la época renacentista. Suele considerarse al alemán Franz Joseph Gall (1758-1828) como el padre de los intentos contemporáneos por localizar las funciones psicológicas en el cerebro, que desembocan en la neuropsicología y la neurociencia de nuestros días. Gall creía que el cerebro era el órgano de la mente y se propuso demostrarlo descubriendo relaciones entre partes del cerebro y facultades psicológicas, suponiendo asimismo que las facultades que una persona ejercita más provocan que las partes del cerebro correspondientes a ellas se desarrollen más (igual que el ejercicio de un músculo lo hipertrofia). Cada facultad psicológica, que además considera innata, la ubica Gall en una parte del cerebro, dando lugar así a un auténtico mapa de localizaciones y a una ciencia, la frenología, que fue bastante popular durante el siglo XIX.

La frenología se basaba en la medición de las partes del cerebro más desarrolladas —correspondientes, por tanto, a capacidades psicológicas más ejercitadas— tal y como se reflejaban en las protuberancias del cráneo de cada individuo. Gall elaboró una lista muy completa de facultades psicológicas, como la agresividad, la amistad o el lenguaje, que sus seguidores alargaron con otras como la religiosidad. Desde un punto de vista conceptual es una estrategia similar a la que se emplea actualmente en investigaciones neurocientíficas que intentan mostrar, por ejemplo, las bases neurobiológicas de cosas tales como la identidad sexual, la conducta maternal o el uso adictivo de drogas.

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