5.2. Planteamiento de necesidades y posibilidades de intervención psicológica

Los déficits en el funcionamiento interpresonal y social del individuo son uno de los síntomas característicos de la esquizofrenia, como la define el DSM-IV. Estos déficits son persistentes en el tiempo y con frecuencia anteriores a la aparición de la enfermedad, de hecho constituyen una de las características más sobresalientes del funcionamiento premorbido de estos pacientes. Por ello, no deben ser considerados sólo una consecuencia de los síntomas de la esquizofrenia, ya que están presentes incluso cuando los síntomas positivos y negativos se encuentran en remisión. Han sido descritos como:

  • Escaso contacto ocular, expresión facial inapropiada, gestos inadecuados, tiempo de respuestas o sincronía deficiente.
  • Falta de coordinación entre la conducta verbal y no verbal, incapacidad para percibir correctamente las situaciones sociales.
  • Dificultades para: expresar emociones y opiniones, mantener conversaciones, reconocer las emociones de los demás, resolver problemas interpersonales, etc.

El entrenamiento en habilidades tiene como objetivo paliar estos déficits y dotar al sujeto de estrategias que le permitan hacer frente a los retos de la sociedad.

2.1 El modelo de vulnerabilidad–estrés como marco teórico de referencia

El modelo de vulnerabilidad-estrés (Zubin y Spring) intenta aportar una explicación teórica al porqué del comienzo del curso y pronóstico de la esquizofrenia, parte del supuesto básico de que para que se dé el trastorno es necesaria tanto la existencia de una predisposición a desarrollar la enfermedad (vulnerabilidad) como la presencia de eventos ambientales (estrés).

De acuerdo con este modelo, el comienzo, curso y pronóstico de estos trastornos es fruto de la compleja interacción de tres factores:

  1. Vulnerabilidad: predisposición determinada por factores genéticos, biológicos (hiperreactividad del SNA, disfunciones dopaminérgicas), evolutivos (alteraciones en el desarrollo, ambiente familiar inestable), cognitivos (reducción de la capacidad de procesamiento, déficit atencionales) y de personalidad (timidez, tendencia al aislamiento).
  2. Estresores ambientales: cualquier acontecimiento ambiental que exige algún cambio o adaptación por parte del sujeto y que supone un desafío para sus habilidades de afrontamiento. Aquí se incluyen tanto los acontecimientos estresantes cotidianos (discusiones familiares, problemas laborales, consumo de sustancias psicoactivas,…) como sucesos vitales estresantes (muerte de un familiar, cambio de domicilio, etc.). Estos estresores ambientales actúan como desencadenantes de los episodios psicóticos.
  3. Factores protectores: modulan el impacto de los eventos estresantes atenuándolo. En estos factores protectores se incluyen factores ambientales (ambiente familiar relajado, apoyo social…) y personales (adecuada medicación antipsicótica, características cognitivas, de personalidad, estrategias de afrontamiento…). Entre los factores protectores cabe destacar las estrategias de afrontamiento, que hacen referencia a aquellas habilidades que posee un individuo y que le permiten reducir o eliminar los estresores, o al menos combatir sus efectos negativos. Las estrategias de afrontamiento que se adquieren durante la primera infancia y adolescencia por aprendizaje social, pero que pueden perderse después del trastorno por la no utilización, la ausencia de motivación o el refuerzo del papel de “enfermo”.

De acuerdo con este modelo, los factores de vulnerabilidad se activan fácilmente en situaciones estresantes. Los factores protectores, medicación antipsicótica, las habilidades de afrontamiento y el ambiente familiar, permiten amortiguar los efectos perjudiciales del estrés y reducir las recaídas.

2.2 Definición de habilidades sociales

Podrían definirse como aquellas conductas que nos ayudan a comunicar nuestras emociones y necesidades de forma precisa y nos permiten conseguir los objetivos interpersonales que deseamos.

Según los modelos interactivos, la respuesta socialmente habilidosa es el resultado final de una cadena conductual que podría dividirse en tres estadios, habitualmente alterados en la esquizofrenia:

  1. Habilidades perceptivas o de recepción necesarias para atender y percibir de forma adecuada la información social relevante que aparece en una determinada situación social (Escuchar al otro, saber cuáles son los objetivos que el otro se propone en esa interacción social, etc.).
  2. Habilidades cognitivas o de procesamiento, suponen la evaluación de las alternativas de acción con objeto de seleccionar aquella que permita lograr los objetivos que el sujeto tiene en la interacción o relación social. Para tener éxito en una determinada interacción social es necesario, en primer lugar, preguntarse cuál es el objetivo que queremos conseguir, y posteriormente, cómo conseguirlo. Es decir, las habilidades de procesamiento nos permiten decidir qué vamos a decir, cuándo y dónde.
  3. Habilidades conductuales o de emisión, es decir, la puesta en marcha de las conductas directamente implicadas en la interacción social. Estas habilidades de emisión incluyen tanto el contenido verbal, lo que se quiere decir, como la forma en que se expresa. Las conductas no verbales implicadas en una interacción social incluyen, expresión facial, los gestos, las posturas, el contacto ocular, la distancia interpersonal. Los aspectos paralingüísticos se refieren al volumen de la voz, a la fluidez del lenguaje, al tono, etc. Estos componentes no verbales y paralingüísticos son fundamentales en la interacción social. Al contrario de las habilidades de emisión, en los dos primeros estadios no son abierta y públicamente observables.

Desde estos modelos se tiende a considerar la interacción social como un caso más de solución de problemas, otorgándole un papel central a la definición de las habilidades sociales a los procesos cognitivos controlados, y por consiguiente, a las habilidades perceptivas, y sobre todo, cognitivas o de procesamiento.

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