4.2. Relatividad lingüística

La hipótesis de la relatividad lingüística o hipótesis de Sapir-Whorf o hipótesis whorfiana, defiende que las características particulares de la lengua materna determinan la estructura de los procesos de pensamiento.

Las categorías o conceptos del pensamiento están determinados por las categorías que proporciona la lengua que uno habla (Determinismo lingüístico).

El inglés tiene un único término para referirse a la nieve, mientras que los esquimales disponen en su lengua (inuit) de un gran número de palabras para designar la nieve en sus distintas variedades y situaciones. De esta manera, los esquimales entenderían el mundo de forma muy distinta en lo que se refiere a la nieve, un elemento omnipresente en su vida diaria. No obstante, según el antropólogo Boas, en inuit hay sólo cuatro lexemas o raíces distintas para la nieve, y los términos restantes son combinaciones entre esos lexemas, al igual que sucede con otras lenguas como el inglés (snowstorm, snowball).

De esta forma, el hecho de que una lengua tenga un vocabulario más rico que otra sobre ciertos aspectos del mundo, no implica necesariamente que determine el pensamiento del hablante, al menos no de forma radical. Así, los significados de las palabras varían enormemente de unas lenguas a otras, pero, el hecho de que un idioma no disponga de un término para un determinado sentido o matiz, no quiere decir que no pueda acercarse a él a través de circunloquios o combinaciones de otras palabras.

La relatividad lingüística constituye una buena teoría, ya que es falsable, es decir, sus predicciones son suficientemente explícitas como para que puedan someterse a análisis empíricos con resultados favorables o desfavorables para la teoría.

Además, el trabajo de Carmichael afirma que las etiquetas verbales modifican el recuerdo de estímulos visuales. En el experimento de Carmichael, Hogan y Walter se presentó a los participantes una serie de dibujos esquemáticos bastante ambiguos como para que se le pudieran asociar dos etiquetas. La tarea consistía en dibujar de memoria cada dibujo lo más fielmente al posible original. Los resultados mostraron que los sujetos, en lugar de copiar directamente el recuerdo visual copiaban la representación mental del concepto transmitida por la palabra de la que iba acompañada al dibujo.

Por otra parte, la división del espectro luminoso en colores no es arbitraria, sino que se basa en la fisiología de la visión y su sistema de detectores retinianos. Sin embargo, las lenguas difieren en la riqueza de su vocabulario para los colores. Algunas lenguas sólo tienen nombres para alguno de los colores primarios, mientras que otras disponen de un repertorio de decenas de términos cromáticos. No obstante, que una lengua no tenga etiquetas verbales para distinguir entre dos colores no tiene por qué significar que los hablantes de esa lengua no perciban diferencias entre esos dos colores y puedan memorizarlos y reconocerlos igual de bien que los hablantes de otra lengua que sí los distingue.

Según Berlin y Kay sólo hay 11 colores básicos (negro, blanco, rojo, amarillo, azul, verde, marrón, violeta, rosa, naranja y gris) de forma que las denominaciones de los colores no se reparten de forma arbitraria entre las lenguas, sino que existe una jerarquía predecible (blanco, negro, rojo, verde, amarillo, azul, marrón, violeta, naranja, rosa y gris).

Existe un patrón universal en la denominación de los colores que está determinado por el número de las categorías cromáticas, justamente lo contrario que predice la hipótesis relativista. No obstante, el hecho de que existan importantes restricciones biológicas hacia unas zonas del espectro cromático frente a otras, ha llevado a algunos autores a cuestionarse la idoneidad de los colores como banco de pruebas de la relatividad lingüística.

Kay y Kempton compararon hablantes del inglés con hablantes del tarahumara, una lengua utoazteca del norte de México, en la que a diferencia del inglés, esta lengua tiene un único término para designar al verde y el azul. Se observó que el espacio subjetivo de los angloparlantes se distorsionaba, exagerando las distancias perceptivas en la zona intermedia, es decir, en el límite entre el azul y el verde, mientras que las distancias en los tarahumara eran más uniformes (Efecto whorfiano).

Davidoff, Davies y Roberson compararon angloparlantes con nativos berinmo. Los datos revelaron que los angloparlantes recordaban y discriminaban mejor los estímulos cuando éstos cruzaban las categorías azul/verde dado que los berinmo agrupan ambos colores bajo un mismo término (“nol”). Sin embargo, éstos discriminaban mejor los estímulos cuando cruzaban las categorías marrón/verde ya que su lengua presenta una distinción entre diferentes matices de un marrón verdoso (“'wor”) que no existe en inglés o castellano.

Así pues, se concluye que la forma en que cada lengua codifica los colores influyen sobre el modo en que éstos son percibidos y recordados por los hablantes.

Por otra parte, otros experimentos con ambos grupos de individuos extendieron el estudio a nuevas categorías de colores, algunas inexistentes en las dos lenguas (verde tipo 1 frente a verde tipo 2, por ejemplo)cuyos resultados llegaron a poner en duda la universalidad biológica de los colores básicos y a defender una relatividad lingüística fuerte.

Hipótesis neowhorfianas

Los neowhorfianos aseguran que los efectos relativistas hay que buscarlos en las diferencias gramaticales más que en las diferencias léxicas entre los idiomas.

Los elementos gramaticales, como afijos y palabras funcionales (preposiciones, determinantes, pronombres, etc.), también tienen una importante carga semántica, estableciendo vínculos o relaciones conceptuales, no meramente formales, entre los elementos léxicos, de modo que constituyen una especie de semántica de orden superior.

Bickerton hace hincapié en algunos conceptos, como el tiempo, el espacio, la causalidad, la posesión o la cantidad están gramaticalizados en casi todas las lenguas, mientras que otros conceptos, que a priori podrían parecer igualmente importantes, no aparecen gramaticalizados en ninguna lengua del mundo, lo que apoyaría a la tesis universalista del lenguaje.

Por otra parte, el procesamiento de los términos gramaticales es automático, es decir, no implica esfuerzo o coste cognitivo adicional, y obligatorio, no pudiendo utilizar nombres sin una marca morfológica de cantidad (singular/plural), por ejemplo.

Por lo tanto, las diferencias entre dos lenguas en alguno de estos elementos gramaticales implican que los hablantes deberán realizar conceptualizaciones diferentes cuando codifican verbalmente un determinado hecho o situación.

Muchas de las investigaciones realizadas por los neowhorfianos comparan los efectos cognitivos de las diferencias gramaticales entre inglés y español.

1. Verbos copulativos

En el inglés ambos verbos “ser” y “estar” se designa por el verbo “To be”.

Sera, Bales y del Castillo compararon a niños de entre 3 y 5 años, hablantes de español y hablantes de inglés en tareas que requerían discriminar entre apariencia (aspecto transitorio) y realidad (rasgo permanente) de los objetos. Los resultados indicaron que los niños mayores responden mejor a ambas preguntas sobre apariencia (rojo) y realidad (blanco) que los más pequeños en ambos idiomas, como cabe esperar del desarrollo evolutivo de los conceptos. Pero, además, los niños españoles en su conjunto mostraron significativamente mejor rendimiento en los juicios de realidad que los niños ingleses, indicando que la doble cópula del español facilita la conceptualización apariencia/realidad.

En un segundo experimento, niños bilingües de español e inglés recibieron la tarea anterior en ambos idiomas, pudiendo observarse que los niños realizaron mejor los juicios de realidad cuando se les preguntaba en español que cuando se les preguntaba en inglés, lo cual sugiere que el efecto de filtro conceptual del idioma está limitado al momento del habla y no es una característica permanente.

2. Verbos de movimiento

En inglés existe una preferencia por incluir el modo del movimiento (“run”, “danced”) en el núcleo verbal, y la dirección del movimiento queda relegada a un «satélite» o partícula gramatical (“across”).

En español, en cambio, es más frecuente incorporar la dirección del movimiento en el núcleo verbal (cruzó, atravesó) quedando el modo de movimiento como optativo en un verbo subordinado, generalmente un gerundio (corriendo, bailando).

Según Talmy, el español es una lengua enmarcada en el verbo, dado que el verbo captura el esquema básico del evento que en el caso del movimiento es la dirección o el trayecto.

Slobin estudió las traducciones de novelas del español al inglés, y del inglés al español y observó que las expresiones de modo inglesas tienden a traducirse al español como expresiones de dirección, y las expresiones de dirección en español suelen traducirse como expresiones de modo al inglés. Además, cuando los lectores ingleses y españoles reciben exactamente el mismo texto traducido literalmente de una lengua a otra, ambos grupos de lectores se imaginan la escena descrita de forma diferente. Así, los ingleses construyen imágenes mentales del protagonista en movimiento, mientras que los españoles generaron imágenes estáticas, más parecidas a fotografías.

De esta forma, se observó que los bilingües piensan de modo diferente cuando se instalan en el inglés o en el español, debido a los imperativos gramaticales de ambas lenguas.

3. Preposiciones de soporte

Existen preposiciones que se utilizan para indicar la posición espacial de un objeto respecto a otro con importantes diferencias, tanto cuantitativas como cualitativas en sus repertorios.

Melissa Bowerman comparó las preposiciones espaciales que indican contacto vertical o soporte entre objetos en varias lenguas, y observó que mientras en inglés se utilizan dos preposiciones “in” y “on”, mientras que en español basta con una (“en”).

4. Posición espacial de un objeto

La línea de investigación más importante hace referencia a las diferencias lingüísticas en el modo de expresar las direcciones espaciales en el plano horizontal. En español y otras lenguas indoeuropeas se emplean “delante”, “detrás”, “a la derecha” y “a la izquierda” o términos equivalentes para expresar la posición relativa de un objeto respecto a un marco de referencia.

La comunicación mediante el gesto de señalamiento es una forma preverbal de localización espacial que aparece hacia el primer año de vida como un precursor del lenguaje y que está ausente en otras especies primates, que obliga a establecer una relación direccional entre el objeto crítico y un marco de referencia.

La elección del marco de referencia no es una decisión trivial, pues entre los muchos objetos del entorno algunos son más apropiados que otros.

Diversos estudios han demostrado que el señalamiento resulta muy eficiente tras realizar una rotación física, obteniendo respuestas rápidas y precisas, sin embargo ésta se deteriora en la condición de rotación imaginaria.

Por el contrario, cuando se utilizaron los términos direccionales para localizar los objetos ocultos, el rendimiento de los participantes fue igualmente bueno en el giro físico y en el giro imaginario. Esto se debe a que el señalamiento se basa en un mecanismo propioceptivo básico que permite el desplazamiento en el entorno perceptivo, actualizando de forma continua y automática la posición de los objetos alrededor.

5. Subjuntivo y pensamiento hipotético

La expresión contrafactual invita al oyente o lector a considerar la posibilidad alternativa, conjeturar y explorar posibilidades alternativas a las reales, con todas las ventajas que ello implica (aprender de los errores, comprender mejor las relaciones causales, ponerse en el punto de vista de otros, etc). Sin embargo, en algunas lenguas como en el chino mandarín no se puede emplear esa expresión porque no existe el modo subjuntivo, por lo que los hablantes deben recurrir a circunloquios del tipo “yo no tenía moto, pero si tengo moto...”. Quizá los chinos tengan dificultades no sólo para expresar sino también para pensar en situaciones hipotéticas o contrafactuales.

6. Puntos de vista

El uso de los términos direccionales implica un punto de vista egocéntrico o relativo, ya que la dirección indicada depende no sólo de la posición intrínseca de un objeto respecto a otro, sino que también tiene en cuenta la posición del hablante en la escena.

Stephen Levinson estudió la cognición espacial en un grupo de participantes holandeses (lenguaje egocéntrico) y participantes tzeltal (lenguas absolutas o halocéntricas).

Las expresiones egocéntricas son útiles en contextos de comunicación cara a cara, puesto que se anclan en el propio punto de vista del hablante, aunque a veces hay cierta ambigüedad, ya que la derecha o la izquierda podrían también referirse al punto de vista del interlocutor.

Mientras que los hablantes de una lengua halocéntrica describirían una situación basándose en un sistema de referencia absoluto, independiente del punto de vista del hablante. Incluso hay lenguas que describen las relaciones espaciales de forma intrínseca, en relación con características del propio objeto que sirve de marco de referencia. Se observó que el tipo de marco de referencia propiciado por la gramática determina modos diferentes de segmentar el espacio hasta el punto de influir sobre la memoria espacial de objetos y trayectorias, lo que apoya una interpretación whorfiana fuerte. No obstante, los participantes no eran totalmente libres de lenguaje.

En definitiva, la relatividad lingüística no significa que haya una barrera conceptual entre las lenguas. En principio se puede expresar cualquier idea en cualquier lengua, pero las herramientas gramaticales cambian según cada lengua. El impacto cognitivo de las diferencias gramaticales entre las lenguas es más importante que el de las diferencias léxicas dado que las marcas y los términos gramaticales se emplean automática y obligatoriamente y no están sujetas a cambios ni individuales ni colectivos, es decir, no es posible incorporar o suprimir preposiciones, conjunciones o elementos morfológicos.

Existen dos posiciones relativistas muy diferentes sobre el impacto de las propiedades gramaticales de la lengua en el pensamiento: según Dan Slobin, los efectos de la lengua sobre el pensamiento sólo ocurren en línea, es decir, durante la producción o la comprensión del habla (Pensar para hablar).

Según este enfoque un mismo individuo codifica de modo diferente un aspecto de la situación, dependiendo de si decide comunicarlo verbalmente o no, como sucede con la localización de un objeto en el plano horizontal (Relatividad intralingüística).

Los hablantes de diferentes lenguas aplican operaciones de codificación distintas, guiadas por su gramática específica, cuando comunican su experiencia en un dominio determinado (Perspectiva halocéntrica vs egocéntrica).

Por otra parte, Levin afirma que los efectos de la lengua sobre el pensamiento tienen consecuencias más allá del acto del habla, determinando hábitos de pensamiento y conceptualización permanentes (Microplanificación).

Pinker o Levelt defienden que más allá del momento de la comunicación las diferencias gramaticales no tendrían consecuencias cognitivas apreciables.

No obstante, otros autores aseguran que las diferencias lingüísticas tienen una influencia cognitiva que va más allá del momento de la comunicación, por ejemplo, modulando los procesos de memoria e, incluso, determinando nuestros procesos de pensamiento en tareas no mediatizadas por el lenguaje.

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