4.6. Interacción personalidad-ambiente

La personalidad sigue evolucionando a lo largo de toda la vida. Evolución de la que la personalidad es producto y al mismo tiempo agente activo de cambio.

La personalidad es potencial de acción y adaptación y como tal actúa y se actualiza en interacción con el medio. La personalidad no se desarrolla en el vacío, sino que es producto del conjunto de circunstancias que rodean la vida del individuo.

Es producto igualmente de los esfuerzos adaptativos del sujeto, pero al mismo tiempo, es agente y parte activa de la evolución y cambio de esas mismas circunstancias contextuales.

Parte muy activa del proceso adaptativo mediante el que se va desarrollando el proyecto vital de cada persona, grupo, de la sociedad en general.

Este papel activo explica que existan diferencias individuales en el proceso adaptativo que define e identifica el proyecto vital de cada persona. Este proceso adaptativo es propio de cada individuo, en base, a la compleja y dinámica interacción recíproca que en cada momento se está produciendo entre sus potencialidades y recursos, y las restricciones y demandas contextuales.

Personalidad y contexto sociohistórico

El contexto cultural en el que se desenvuelve la vida del individuo condiciona su personalidad, de forma que ésta irá reflejando los cambios que en aquél se vayan produciendo (tanto a nivel individual como a nivel poblacional).

La personalidad es fruto de y viene moldeada por el esfuerzo adaptativo que lleva a cabo el individuo para hacer frente a las demandas que en cada caso la situación, la sociedad, le plantean.

En la medida en que estas demandas cambien en el curso del devenir histórico, el tipo de estrategias implicadas en el proceso adaptativo cambiarán en consonancia con las nuevas demandas.

No sería sorprendente observar que los niveles poblacionales en las dimensiones básicas de personalidad también fluctúen con los cambios históricos.

Twenge analiza los valores medios poblacionales en extraversión y neuroticismo/ansiedad a lo largo de los últimos 30-40 años y cómo la evolución de las puntuaciones en estas dimensiones podría estar asociada a los cambios producidos en la sociedad durante este mismo periodo de tiempo.

En la dimensión de extraversión observó un incremento significativo durante el periodo evaluado. En la dimensión de neuroticismo/ansiedad se dio también un incremento significativo en los valores medios poblacionales.

¿Qué cambios producidos en la sociedad podrían dar cuenta de estos cambios en personalidad?

Los datos sugieren una significativa asociación entre evolución de la dimensión de extraversión y aspectos como el incremento en la movilidad de la población y cambios en el estilo educativo, tanto en la familia como en la escuela, orientado hacia una mayor permisividad, la potenciación de valores como la cooperación y el entrenamiento en habilidades sociales.

El incremento en neuroticismo/ansiedad parece asociado a un cierto deterioro en la calidad de las relaciones interpersonales (incremento de personas que viven solas, aumento de divorcios, disminución de la tasa de nacimiento, incremento del individualismo) junto al incremento (subjetivamente percibido) de ciertas amenazadas procedentes del aumento de la criminalidad, nuevas enfermedades, problemas de desempleo…

Ajuste Personalidad-Contexto social

Los datos solo estarían reflejando que la personalidad es en parte producto de las condiciones sociales propias del momento histórico-cultural en el que a uno le toca vivir, pero lo importante sería explicar cómo se produce ese cambio.

Roberts y Helson analizaron la incidencia sobre la evolución de la personalidad del incremento en la sociedad americana durante los años 60 y 70 del “individualismo” como filosofía de vida y la significación adaptativa del ajuste o desajuste que en el individuo pudo producirse entre su personalidad y el estilo de vida dominante en la sociedad.

Cambio social y personalidad

El estilo de vida dominante en la sociedad (años 60 y 70) produjo un incremento en individualismo en la muestra para descender en los años 80, en paralelo de nuevo al debilitamiento en la sociedad de la filosofía individualista.

Esto quiere decir que las mujeres de la muestra asimilaron el estilo de vida imperante en la sociedad, identificado por:

  • una mayor confianza en sí mismo y menos en los líderes políticos

  • mayor espontaneidad y expresividad emocional

  • incremento en desinhibición conductual y defensa de valores, ideas y manifestaciones no convencionales

La asimilación del patrón y clima cultural de la época produjo cambios apreciables en la personalidad.

La asimilación de la presión cultural corrió paralela a un descenso en aspectos como adherencia a las normas, incremento en narcisismo (dimensión que engloba aspectos como impulsividad, asertividad, rebeldía o satisfacción e indulgencia consigo mismo), individualismo (englobando originalidad, amplitud de intereses, espontaneidad e imaginación) y energía (escala integrada por indicadores de agresividad, asertividad o dominancia).

La personalidad como agente del cambio

La personalidad del individuo cambia en la medida en que asimila y se ajusta a los distintos factores de influencia social existentes en cada momento histórico, pero al mismo tiempo, ese proceso de asimilación y ajuste se produce, o puede producirse, de distinta forma en cada individuo, en base, a la peculiaridad e idiosincrasia (personalidad) con que cada persona se acerca y negocia (asimilando, cambiando o rechazando) la influencia contextual.

La evolución del cambio personal en sintonía con el cambio social se debe, al mismo tiempo, a las consecuencias que tiene para el individuo el ajustarse a lo que comúnmente se ha denominado “reloj social” (conjunto de expectativas que la sociedad mantiene acerca de los roles, valores, actitudes y conductas que cada uno debería desarrollar en las distintas etapas de su vida).

Caspi señala que la trayectoria vital se puede analizar como una secuencia de roles, definidos culturalmente para cada edad, que cada uno va enfrentando en las distintas edades y que vienen a constituir la realidad psicológica a la que cada uno se enfrenta con sus recursos personales y sociales.

Esta especie de “reloj social” define la conducta que sería apropiada en cada momento, ayuda a entender la conducta que cada uno desarrolla y condiciona en gran medida las consecuencias que se reciben por la misma.

Ejemplo: El seguir la “norma asignada a la edad” que sugiere la edad apropiada para tener los hijos facilitará la obtención de apoyo social para hacer frente a las demandas que la “paternidad” comporta. En cambio, la posibilidad de encontrar dificultades para afrontar tal situación se incrementará si uno entra en el rol de “padre” a destiempo.

La transición y ajuste exitosos a los roles previstos socialmente para cada edad vienen a constituir la realidad nuclear a la que el individuo se enfrenta a lo largo de su vida.

La diferencia entre unas personas y otras no estaría en las unidades específicas sino en el patrón interactivo que caracteriza el modo en que cada uno intenta adaptarse a los retos propios de cada edad.

Diferencias individuales en estabilidad/cambio

La distribución de los porcentajes de la muestra que introduce cambios en su estilo de vida en cada tramo de edad, pone en evidencia que pese a las presumibles ventajas que pueda reportar el introducir cambios en nuestras vidas en el momento apropiado en sintonía con los vectores de influencia social existentes en cada momento, no todos los sujetos cambiaron al mismo tiempo, no todos siguieron el mismo patrón de cambio.

¿Quiénes cambiaron en el momento oportuno, adaptándose al reloj social y cultural? Aquellos que previamente presentaban un mejor ajuste personal y social.

En apoyo de esta hipótesis, los datos de esta investigación indican cómo las mujeres que cambiaron “a tiempo” en contraste con las que lo hicieron demasiado pronto o tarde, mostraban una mayor confianza en sí mismas, presentaban menores niveles de ansiedad, eran abiertas, éticamente consistentes y menos vulnerables psicológicamente.

Aquellos sujetos que presentaron un mayor ajuste psicosocial y fueron acompasando su evolución personal con la evolución de las presiones culturales, a diferencia de quienes asumieron el cambio en un momento inadecuado de sus vidas, mostraban un mayor grado de ajuste personal, reflejado en mejores indicadores de salud, un clima familiar basado en la interacción igualitaria entre los miembros y bajo en jerarquización y una más sólida red de apoyo social.

Helson y Soto analizaron los cambios en personalidad asociados a la evolución de los roles sociales (en el ámbito familiar y laboral) y estatus profesional de las mujeres entre los 27 y los 61 años.

Se observó cómo en paralelo al mayor número de roles sociales e implicación en el trabajo, se produjo un incremento en aspectos relacionados con las dimensiones de tesón y extraversión (esfuerzo, disciplina, responsabilidad, adherencia a las normas sociales, confianza en sí mismo, asertividad y dominancia social) que iniciaban un descenso a partir de la mitad de la década de los 50 a medida que iba disminuyendo la presión sociolaboral sobre las participantes en la investigación.

Conclusión: la evolución que experimenta la personalidad de un individuo a lo largo de su ciclo vital está condicionada por los eventos y circunstancias sociohistóricas y personales que corren paralelos a su ciclo vital.

Al mismo tiempo se afirma que el individuo con su peculiar idisosincrasia, con su personalidad, es agente, parte activa de su propio desarrollo, en la medida en que el contexto en el que se desenvuelve la vida de cada persona es fuente eficaz de influencia en tanto es contexto subjetivado, asimilado por el individuo desde la realidad biopsicosocial que le identifica como persona única y desde la que persigue el logro de los objetivos y planes que guían su particular trayectoria vital.

Importante peso para el desarrollo de la personalidad tienen las circunstancias contextuales “no compartidas”, no solo a las circunstancias que acontecen específica y diferencialmente al individuo, sino también al carácter modulador que las características del individuo introducen en la situación, de forma que es vivida hasta cierto punto como única, aún cuando por las propias características intrínsecas de la situación pueda ser común a otras muchas personas.

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